Os prometo que todo cuanto vais a leer
aquí sucedió de verdad, nadie me cree, los medios de información no me
hicieron caso, la gente se ríe de mi; pero todo es cierto, todo.
Estoy convencido de que mi caso no es el único, no
puede serlo. No quiero decir que a alguien le haya ocurrido exactamente lo
mismo, claro está, pero se, o creo saberlo, que a veces, en la vida de las
personas, tienen lugar situaciones inverosímiles o inexplicables.
No me refiero a ver fantasmas, hablar con animales
o empezar a volar de repente; no, me refiero a cosas raras de verdad. Nada
parecido a leer mentes, ver el futuro, ni echar fuego por las manos; ni de
lejos. No hablo de cosas de vampiros, hombres lobo o hadas; nada de eso.
Puede que algunos sepáis por donde voy, que os haya
pasado algo de un calibre parecido, algo tan curioso y extraordinario, a la vez
que fastidioso y aterrador. Debo confesar que al principio fui muy reacio a
contar esta historia, y hacía bien, pero tuve que abrir la boca...
Así que basta, ya se terminaron los lamentos y las
quejas; por eso lo escribo y lo publico yo mismo, quien me quiera
creer que me crea, y a quien no, sinceramente, espero que le ocurra algo
aun peor.
Era medio día, había pasado toda la noche
trabajando, siendo una jornada especialmente dura, y estaba agotado. En aquella
época era soltero, sigo siéndolo, así que no tenía que prestar atención a nadie
en especial; esa mañana no tenía ganas ni de comer, así que nada más
llegar a casa me quité la ropa, la arrojé a un rincón hecha una
bola, me puse el pijama y me metí en la cama. Justo antes de quedarme
dormido escuché algo, un ruido amortiguado, como el susurro de las
cortinas al ser movidas por el viento.
Cuando me desperté estaba ya atardeciendo. No sabía
que hora era pero me daba igual, ahora si que tenía hambre. Entré en la cocina
y abrí la nevera, apenas nada para comer, pero me quedaba una pizza congelada,
suficiente.
Puse a calentar el horno y me fui al baño a
lavarme la cara. de repente, mirándome al espejo, me di cuenta de
que estaba ocurriendo una cosa extraña: desde que salí de mi
habitación, algo o alguien no había parado de moverse y dar vueltas por mi
casa; yo vivía solo. Metí la cabeza bajo el grifo y me olvidé del
tema, atribuyéndolo al cansancio. Me sequé y volví a la cocina.
El horno ya estaba suficientemente caliente. Saqué
la pizza del envoltorio y la puse a calentar. Nada más cerrar la puerta volví a
notar esa sensación, ese ruido. Abrí el cajón de los cubiertos y saqué un
cuchillo. Busqué en mi habitación, en el baño, en el salón, en la entrada, en
los armarios, nada, solo ropa y algunos libros amontonados, como siempre.
Y gracias a la tontería casi se me quema la comida.
Cuando terminé y volví a la cama aún no había
desaparecido la sensación de inquietud. Al día siguiente libraba y lo
único que quería en ese momento era dormir, cosa que parecía imposible. Se
que cogí un libro y me puse a leer, no recuerdo que libro era, no sería
muy interesante.
Tardé unas dos horas en dormirme, tras muchas
vueltas y páginas leídas casi sin prestar atención. No podía concentrarme por
que una vocecita en mi interior me decía que algo estaba ocurriendo.
Me desperté varias veces, todas ellas fui a beber
agua, tenía lo boca seca y me picaba la garganta. En las idas y venidas, cada
vez que me daba la vuelta, parecía oír el mismo susurro de antes, hasta
que al acostarme por última vez vi, por un momento, una leve sombra y
caí rendido. Esa noche no pude descansar.
A la mañana siguiente me desperté con dolor de
cabeza. Desayuné, me tomé una pastilla e intenté relajarme. Me fui hacia el
salón, donde había una ventana grande por la que entraba una agradable luz a
esas horas, para tumbarme un rato. Por el camino encontré una
camiseta y un par de calcetines tirados en el suelo, no tenía ni idea
de como habían llegado hasta allí. Dejé la ropa en una silla y me dirigí al
sofá, pero justo cuando mi espalda tocó el mueble noté que me había acostado
sobre algo, unos pantalones. Ya solo faltaban los calzoncillos que encontraría
mas tarde en el baño.
Cuando se me despejó un poco la cabeza volví a
mi cuarto, dejé la ropa sobre la cama y me puse un chándal, necesitaba salir a
correr para espabilarme un poco, soltar tensiones y gastar energías, las
pocas que me quedaban después de la horrible noche que había pasado.
Correr siempre me ha gustado, hago ejercicio,
pienso en mis cosas, me mantengo en forma; los días que hace buen tiempo
es muy agradable. Esa mañana, sin embargo, me costó un poco más disfrutarlo, no
conseguía olvidar esa extraña sensación, como si no hubiera estado solo, como
si un intruso invisible y silencioso me observase en la oscuridad. Aunque
también estaba ese ruido, este tenue susurro parecido al del roce de la tela.
Estuve cerca de hora y media fuera. Cuando regresé
a casa solo pensaba en darme una ducha, pero al entrar en mi habitación menuda
fue mi sorpresa al ver que la ropa que había dejado sobre la cama antes de
salir había desaparecido. Pensé que me estaba volviendo loco. Me fui corriendo
para el baño y allí estaba, junto con los calzoncillos antes mencionados;
parecía un sketch de los Monty Pyton. Me desnudé y me metí en la ducha, dejando
que el agua me callare encima durante un rato.
Terminé, cerré el grifo, salí y me sequé; la puerta
del baño daba a mi habitación y al atravesarla me golpeó, como un puñetazo, la
visión de mis armarios y cajones abiertos de par en par y de mi ropa
esparcida por el suelo, en dirección a la puerta del pasillo.
Miré a mi alrededor, me di la vuelta, cerré los
ojos, volví a girarme, los abrí, y allí seguía estando mi ropa, solo que esta
vez flotaba en el aire, como si un montón de gente invisible la llevara puesta,
y corría hacia el pasillo.
Tras el comprensible shock, que duró un
segundo, fui capaz de darme cuenta de que mi ropa se estaba escapando.
Tardé otro segundo en reaccionar y casi no me da
tiempo a forcejear con algunas de las prendas para poder vestirme. En el
momento me puse la ropa, dejó de moverse.
Cuando estuve completamente vestido y calzado, con
unas zapatillas que se habían tropezado con sus propios cordones, y después de
comprobar que todos mis armarios y cajones estaban vacíos, salí corriendo
por el pasillo, no me costó más de quince segundos, pero no fue suficiente,
habían conseguido abrir la puerta de la calle. Me lancé corriendo a cerrarla.
Comprobé que las ventanas estuviesen también cerradas y bloqueadas. Cogí
dos bolsas de basura grandes que tenía guardadas en al cocina y me fui para la
calle con cuidado de que nada más escapase. Cerré con llave, respiré hondo y me
dispuse a empezar.
El día fue de lo más divertido, nótese el
sarcasmo.
Primero encontré uno de mis pantalones vaqueros
peleando con un perro; un jersey de lana tiraba desde el lado contrario y
unos zapatos de vestir intentaban dar patas al animal. Atrapé el pantalón y el
jersey; los zapatos intentaron huir, pero no llegaron muy lejos antes de
chocarse con una papelera.
Unos calzoncillos intentando esconderse en un buzón
de correos, una camisa subida a un árbol, otra intentando evitarme
escondiéndose detrás de una farola. De un bar cercano a mi casa empezaron a
salir personas corriendo al ver entrar tres camisetas y varios calcetines
moviéndose solos; los encontré cuando iban a encerrarse en el baño, no les di
tiempo.
Encontré dos sudaderas dándose un baño en una
fuente, estaban empapadas y pesaban un montón. En el pequeño zoo del barrio mis
cinturones se habían metido en el terrario de las serpientes y un anorak
imitaba a los gorilas de un video en una sala de proyecciones.
Pasé toda la mañana, la tarde y parte de la
noche recorriendo el vecindario y los alrededores, di vueltas y más vueltas,
tuve que hacerme con una tercera bolsa, las tres las llené. Y a pesar de
todo, al llegar a casa, la cantidad de topa recuperada era menor de la que
creía, casi una carta parte de mi ropa seguía desaparecido, incluso mi traje de
chaqueta al completo, con mocasines y todo.
Las reacciones de la gente fueron muy diversas,
unos se asustaron, otros me ignoraron como si no pasara nada, algunos incluso
me grabaron creyendo que era algún tipo de broma o actuación, una mujer llamó a
la policía y tuve que salir corriendo, pero nadie me echó una mano.
Aunque pensándolo bien yo tampoco habría ayudado a un hombre ojeroso y
sudado a atrapar su ropa flotante.
Cuando se hizo tan oscuro que ya apenas podía ver
nada a mi alrededor, me rendí.
Al volver a mi casa tardé otros cuarenta
minutos en atrapar la ropa que no había conseguido salir y que, al
parecer, tenía un gran talento para el escondite. Cuando estuvo todo
recogido guardé las bolsas en un armario cerrado con llave y me fui a dormir;
estando ya en al cama, incluso sabiendo que no quedaba nada que pudiera
moverse, seguía oyendo el maldito susurro.
Me desperté a la mañana siguiente con todo el
cuerpo cansado, como si me hubieran pegado una paliza. Ese día tenía turno de
tarde por lo que me tomé las cosas con calma. Me levanté, me lavé la cara
y me dispuse a desayunar.
Al entrar en la cocina me lo encontré, sentado en
la mesa, mi traje de chaqueta completo dispuesto a pedirme perdón.
Aun, a día de hoy, no he conseguido
recuperar toda mi ropa, si os la cruzáis por la calle, por favor,
avisadme.

