miércoles, 6 de mayo de 2015

Adiós ropa


Os prometo que todo cuanto vais a leer aquí sucedió de verdad, nadie me cree, los medios de información no me hicieron caso, la gente se ríe de mi; pero todo es cierto, todo.

Estoy convencido de que mi caso no es el único, no puede serlo. No quiero decir que a alguien le haya ocurrido exactamente lo mismo, claro está, pero se, o creo saberlo, que a veces, en la vida de las personas, tienen lugar situaciones inverosímiles o inexplicables.

No me refiero a ver fantasmas, hablar con animales o empezar a volar de repente; no, me refiero a cosas raras de verdad. Nada parecido a leer mentes, ver el futuro, ni echar fuego por las manos; ni de lejos. No hablo de cosas de vampiros, hombres lobo o hadas; nada de eso.

Puede que algunos sepáis por donde voy, que os haya pasado algo de un calibre parecido, algo tan curioso y extraordinario, a la vez que fastidioso y aterrador. Debo confesar que al principio fui muy reacio a contar esta historia, y hacía bien, pero tuve que abrir la boca...

Así que basta, ya se terminaron los lamentos y las quejas; por eso lo escribo y lo publico yo mismo, quien me quiera creer que me crea, y a quien no, sinceramente, espero que le ocurra algo aun peor.

Era medio día, había pasado toda la noche trabajando, siendo una jornada especialmente dura, y estaba agotado. En aquella época era soltero, sigo siéndolo, así que no tenía que prestar atención a nadie en especial; esa mañana no tenía ganas ni de comer, así  que nada más llegar a casa me quité la ropa, la arrojé a un rincón hecha una bola, me puse el pijama y me metí en la cama. Justo antes de quedarme dormido escuché algo, un ruido amortiguado, como el susurro de las cortinas al ser movidas por el viento.

Cuando me desperté estaba ya atardeciendo. No sabía que hora era pero me daba igual, ahora si que tenía hambre. Entré en la cocina y abrí la nevera, apenas nada para comer, pero me quedaba una pizza congelada, suficiente.

Puse a calentar el horno y me fui al baño a lavarme la cara. de repente, mirándome al espejo, me di cuenta de que estaba ocurriendo una cosa extraña: desde que salí de mi habitación, algo o alguien no había parado de moverse y dar vueltas por mi casa; yo vivía solo. Metí la cabeza bajo el grifo y me olvidé del tema, atribuyéndolo al cansancio. Me sequé y volví a la cocina.

El horno ya estaba suficientemente caliente. Saqué la pizza del envoltorio y la puse a calentar. Nada más cerrar la puerta volví a notar esa sensación, ese ruido. Abrí el cajón de los cubiertos y saqué un cuchillo. Busqué en mi habitación, en el baño, en el salón, en la entrada, en los armarios, nada, solo ropa y algunos libros amontonados, como siempre. Y gracias a la tontería casi se me quema la comida.

Cuando terminé y volví a la cama aún no había desaparecido la sensación de inquietud. Al día siguiente libraba y lo único que quería en ese momento era dormir, cosa que parecía imposible. Se que cogí un libro y me puse a leer, no recuerdo que libro era, no sería muy interesante.

Tardé unas dos horas en dormirme, tras muchas vueltas y páginas leídas casi sin prestar atención. No podía concentrarme por que una vocecita en mi interior me decía que algo estaba ocurriendo.

Me desperté varias veces, todas ellas fui a beber agua, tenía lo boca seca y me picaba la garganta. En las idas y venidas, cada vez que me daba la vuelta, parecía oír el mismo susurro de antes, hasta que al acostarme por última vez vi, por un momento, una leve sombra y caí rendido. Esa noche no pude descansar.

A la mañana siguiente me desperté con dolor de cabeza. Desayuné, me tomé una pastilla e intenté relajarme. Me fui hacia el salón, donde había una ventana grande por la que entraba una agradable luz a esas horas, para tumbarme un rato. Por el camino encontré una camiseta y un par de calcetines tirados en el suelo, no tenía ni idea de como habían llegado hasta allí. Dejé la ropa en una silla y me dirigí al sofá, pero justo cuando mi espalda tocó el mueble noté que me había acostado sobre algo, unos pantalones. Ya solo faltaban los calzoncillos que encontraría mas tarde en el baño.

Cuando se me despejó un poco la cabeza volví a mi cuarto, dejé la ropa sobre la cama y me puse un chándal, necesitaba salir a correr para espabilarme un poco, soltar tensiones y gastar energías, las pocas que me quedaban después de la horrible noche que había pasado.

Correr siempre me ha gustado, hago ejercicio, pienso en mis cosas, me mantengo en forma; los días que hace buen tiempo es muy agradable. Esa mañana, sin embargo, me costó un poco más disfrutarlo, no conseguía olvidar esa extraña sensación, como si no hubiera estado solo, como si un intruso invisible y silencioso me observase en la oscuridad. Aunque también estaba ese ruido, este tenue susurro parecido al del roce de la tela.

Estuve cerca de hora y media fuera. Cuando regresé a casa solo pensaba en darme una ducha, pero al entrar en mi habitación menuda fue mi sorpresa al ver que la ropa que había dejado sobre la cama antes de salir había desaparecido. Pensé que me estaba volviendo loco. Me fui corriendo para el baño y allí estaba, junto con los calzoncillos antes mencionados; parecía un sketch de los Monty Pyton. Me desnudé y me metí en la ducha, dejando que el agua me callare encima durante un rato.

Terminé, cerré el grifo, salí y me sequé; la puerta del baño daba a mi habitación y al atravesarla me golpeó, como un puñetazo, la visión de mis armarios y cajones abiertos de par en par y de mi ropa esparcida por el suelo, en dirección a la puerta del pasillo.

Miré a mi alrededor, me di la vuelta, cerré los ojos, volví a girarme, los abrí, y allí seguía estando mi ropa, solo que esta vez flotaba en el aire, como si un montón de gente invisible la llevara puesta, y corría hacia el pasillo.

Tras el comprensible shock, que duró un segundo, fui capaz de darme cuenta de que mi ropa se estaba escapando.

Tardé otro segundo en reaccionar y casi no me da tiempo a forcejear con algunas de las prendas para poder vestirme. En el momento me puse la ropa, dejó de moverse.

Cuando estuve completamente vestido y calzado, con unas zapatillas que se habían tropezado con sus propios cordones, y después de comprobar que todos mis armarios y cajones estaban vacíos, salí corriendo por el pasillo, no me costó más de quince segundos, pero no fue suficiente, habían conseguido abrir la puerta de la calle. Me lancé corriendo a cerrarla. Comprobé que las ventanas estuviesen también cerradas y bloqueadas. Cogí dos bolsas de basura grandes que tenía guardadas en al cocina y me fui para la calle con cuidado de que nada más escapase. Cerré con llave, respiré hondo y me dispuse a empezar.

El día fue de lo más divertido, nótese el sarcasmo.

Primero encontré uno de mis pantalones vaqueros peleando con un perro; un jersey de lana tiraba desde el lado contrario y unos zapatos de vestir intentaban dar patas al animal. Atrapé el pantalón y el jersey; los zapatos intentaron huir, pero no llegaron muy lejos antes de chocarse con una papelera.

Unos calzoncillos intentando esconderse en un buzón de correos, una camisa subida a un árbol, otra intentando evitarme escondiéndose detrás de una farola. De un bar cercano a mi casa empezaron a salir personas corriendo al ver entrar tres camisetas y varios calcetines moviéndose solos; los encontré cuando iban a encerrarse en el baño, no les di tiempo.

Encontré dos sudaderas dándose un baño en una fuente, estaban empapadas y pesaban un montón. En el pequeño zoo del barrio mis cinturones se habían metido en el terrario de las serpientes y un anorak imitaba a los gorilas de un video en una sala de proyecciones.

Pasé toda la mañana, la tarde y parte de la noche recorriendo el vecindario y los alrededores, di vueltas y más vueltas, tuve que hacerme con una tercera bolsa, las tres las llené. Y a pesar de todo, al llegar a casa, la cantidad de topa recuperada era menor de la que creía, casi una carta parte de mi ropa seguía desaparecido, incluso mi traje de chaqueta al completo, con mocasines y todo.

Las reacciones de la gente fueron muy diversas, unos se asustaron, otros me ignoraron como si no pasara nada, algunos incluso me grabaron creyendo que era algún tipo de broma o actuación, una mujer llamó a la policía y tuve que salir corriendo, pero nadie me echó una mano. Aunque pensándolo bien yo tampoco habría ayudado a un hombre ojeroso y sudado a atrapar su ropa flotante.

Cuando se hizo tan oscuro que ya apenas podía ver nada a mi alrededor, me rendí.

Al volver a mi casa tardé otros cuarenta minutos en atrapar la ropa que no había conseguido salir y que, al parecer, tenía un gran talento para el escondite. Cuando estuvo todo recogido guardé las bolsas en un armario cerrado con llave y me fui a dormir; estando ya en al cama, incluso sabiendo que no quedaba nada que pudiera moverse, seguía oyendo el maldito susurro.

Me desperté a la mañana siguiente con todo el cuerpo cansado, como si me hubieran pegado una paliza. Ese día tenía turno de tarde por lo que me tomé las cosas con calma. Me levanté, me lavé la cara y me dispuse a desayunar.

Al entrar en la cocina me lo encontré, sentado en la mesa, mi traje de chaqueta completo dispuesto a pedirme perdón.

Aun, a día de hoy, no he conseguido recuperar toda mi ropa, si os la cruzáis por la calle, por favor, avisadme.

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