viernes, 27 de marzo de 2015

Algo pasa en el tren

Aquí os dejo un relato nuevo que como siempre espero que os guste.

Hace frío, no mucho, pero el viento y la temperatura hacen que la situación sea bastante molesta. Un hombre sube la cremallera de su chaqueta como si fuese infinita y justo antes de quedarse con ella en la mano, parece darse por satisfecho y la suelta; mete las manos en los bolsillos y se sienta, encogido, a la espera de que llegue su tren.

Este tipo, que viste también pantalón vaquero, botas, gorro y guantes de lana, se llama Bob. Bob es un tipo normal, como todas las personas normales que se llaman Bob, y como las que no. En el andén, a su alrededor, hay más gente que espera el tren, como él; gente que puede que haya salido del trabajo, igual que él; gente que posiblemente esté yendo de camino a casa, como hace Bob.

A pesar de ser algo más tarde que de costumbre hoy parece estar siendo un día normal para nuestro amigo. Aunque se siente cansado, más de lo que debería y puede que a lo mejor, al final, resulte no ser un día tan corriente como el pensaba. “¿Y si ocurriese hoy algo extraordinario?”, dice para sus adentros mientras suelta un largo suspiro.

Y se queda dándole vueltas a la pregunta sin pararse a pensar en la cara de bobo que debe de tener, de esos que miran al infinito con la boca abierta, hasta que una fuerte bocina le devuelve a la realidad y… No, todo sigue siendo perfectamente normal. Se levanta, coge su mochila y empieza a andar.

-Espera-, se dice. -¿Esa chica viene hacia mi?

Eso parece, Bob. La chica va en tu dirección. Es atractiva, morena, más o menos de tu edad, y está cada vez más cerca. ¿Qué vas a hacer? Lo primero es no quedarse mirando. Eso es chico, así se hace.

Bob sigue avanzando hacia la puerta del vagón, poco a poco, mientras ella se le acerca. -Disculpa-, le dice cuando la alcanza. Él se gira sin saber qué decir y ella levanta la mano ensañando un objeto cuadrado y marrón. -Se te ha caído-. Bravo, Bob, casi pierdes la cartera.

-Gracias-, acierta a decir.

Ella le sonríe, parece esperar algo, pero viendo que no añade nada más se da la vuelta soltando un cantarín hasta luego y se aleja.

A nuestro chico no le queda más remedio que entrar en el vagón maldiciéndose a si mismo; bravo Bob, eres un campeón. Sí, esto último ha sido sarcasmo.

El tren parte de la estación; en el vagón hace mejor temperatura, y aunque no es un entorno demasiado agradable, la gente que lo usa a diario termina por acostumbrarse.

Para estas personas ciertas experiencias inseparables del hecho de viajar en tren, que en un principio pueden parecer molestas, se van atenuando con el uso. El traqueteo, por ejemplo, puede terminar resultando como el mecer de una cuna; las voces y gritos se aprenden a asimilar, a ignorar casi, convirtiéndose en un sonido de fondo que hace juego con el ruido del tren sobre las vías; los asientos no son tan incómodos como al principio pensabas, solo has de encontrar la postura correcta; hasta el tiempo termina por transcurrir de forma distinta, se desarrolla una especie de instinto que nos alerta cuando se aproxima nuestra parada, habilidad muy útil, la verdad.

Así que ya sabéis, la próxima vez que veáis a alguien dormir en un tren no os preguntéis cómo es posible, solo es práctica.

Bob está empezando a ser una de esas personas que se encuentran allí como en su casa. Aunque él no se ha quedado dormido, nunca, no se fía, como de otras muchas cosas: de los animales sueltos que podrían morderle, de las zanjas de obras en la calle en las que tan fácilmente se puede uno caer, de que un pequeño y desconocido escape de gas haga explotar su casa. Tampoco es que lo haya necesitado nunca, su día a día es bastante normal y descansa lo suficiente por las noches. Aunque hoy es un día raro; quizá sea por la hora que se ha hecho, quizá por algo que ha comido, ¿quién sabe? Pero la realidad es que nada más sentarse en uno de los asientos del vagón -hay varios libres al ser ya tarde- empieza a notar el peso del cansancio.

El tren avanza a velocidad constante entre parada y parada y el exterior pasa veloz al otro lado de la ventana. Bob se siente cada vez más cansado, más pesado, su cuerpo parece rendirse y la atmósfera parece adaptarse para, poco a poco, ir envolviéndolo, como si una criatura hecha de almohadones te diese un abrazo. Y de esta forma, nuestro chico se queda dormido, por primera vez, en un tren. Estás a gusto, eh granujilla.

Que sueño más raro, la chica morena vuelve a ir detrás de él y le enseña otra vez la cartera, pero en esta ocasión, antes de darse la vuelta, Bob habla con ella. De repente están en el vagón sentados juntos, hablando y riéndose, pero la chica parece ser intermitente. Intermitente de forma literal, quiero decir. Se enciende y se apaga, poco a poco, hasta que al final desaparece, cosa que a Bob no le parece en ningún momento fuera de lo normal. Las luces del tren se funden una a una hasta sólo quedar la que tiene encima. Rodeado de oscuridad, se siente como flotando en el espacio, y de pronto otra vez nota ese peso, como una insistente gravedad, que parece hundirle. Tiene la espalda sudada y pegajosa, y la sensación de incomodidad crece, hasta que le despierta una fuerte presión en el pecho y las piernas.

Se despierta lentamente, sintiéndose inmovilizado. Cuando abre los ojos del todo no puede creérselo. ¡Hay un hombre sentado encima de el! Que además no puede pesar menos de cien kilos. Intenta gritar, patalear, pegar puñetazos e incluso saltar, pero es inútil. ¿Como es posible que ese hombre no se haya dado cuenta? No tiene sentido. Sigue intentando llamar la atención del orondo señor hasta que éste, de improviso, se levanta. Y se abren las puertas del vagón. “Mierda”, piensa Bob, también es su parada y no puede moverse por más que lo intente.

Mientras forcejea con el objetivo de que su cuerpo le responda, mira involuntariamente hacia la ventana y un escalofrío le recorre el cuerpo. En la imagen que le devuelve el cristal solo aparece una butaca vacía. ¿Acaso se ha vuelto… invisible? Bob, no puedes tener más mala suerte. "Imposible, imposible", se repite una y otra vez.

Un hombre vestido con traje y corbata se sienta a su lado, e impasible deja su maletín negro sobre un atónito Bob, que no puede llegar a indignarse al ver en el reflejo que el objeto no se posa en sus piernas sino sobre el asiento y que, a pesar de ello, sigue notando su peso. No se ha vuelto invisible, es mucho peor, de alguna forma se ha hundido, se ha convertido en un asiento de tren.

Lleva ya tres paradas paralizado por el pánico; aunque el “cuerpo" no es que lo fuese a poder mover de todas formas. Imagina la escena: un asiento que, de pronto, se levanta y echa a correr. La gente se asustaría, aunque seguro que no tanto como lo estás tu ahora, eh Bob.

El shock sigue atenazando su cerebro hasta que el tren termina su último viaje; el personal se va, las luces se apagan, se hace el silencio. En esta escena donde la oscuridad todo lo engulle, Bob empieza a llorar, pero llora por dentro, su tapicería no se moja.

Se ha pasado toda la noche y parte de la mañana llorando. A media jornada se siente agotado y en un estado de suspensión, como si estuviese dormido, pero sin llegar a tal punto al ser… Bueno, al no ser ya una persona.

Cuando termina el día la oscuridad regresa, y llora otra vez. Hasta que amanece de nuevo y el ciclo vuelve a empezar.

Anochece el séptimo día, hace ya una semana desde que un hombre se convirtiera en asiento de tren, sin que nadie más se percatara. Nadie parece echarle de menos, nadie ha ido a buscarle, aunque claro, podrían sentarse encima de él y no darse ni cuenta. El estado emocional de Bob apenas ha cambiado, pero el miedo está empezando a ser sustituido en su corazón por algo mucho más aplastante, más aun que el peso de la gente, el abandono. En los ratos en que el letargo respeta su mente, recuerda entre lágrimas los momentos en que su vida ha sido normal, tristemente normal; piensa en todo a lo que ha renunciado por ser corriente, por ser como las demás personas normales del mundo.

Nuestro pobre amigo lleva ya un mes, casi, torturándose con esos pensamientos. Y hay que tener en cuenta que siendo butaca el tiempo parece pasar mucho más lento. Pero él ya apenas lo nota, su nueva “piel” ya casi no le pica y el peso de la gente comienza a resultar más ligero, más soportable. Incluso está empezando a razonar como un asiento, cada día se parece más a sus eternamente silenciosos compañeros.

La mañana entra fría, el tren arranca y no tardan en subir los primeros pasajeros. Llega a la última parada y da la vuelta, de última parada en última parada. Lo peor son las horas punta, la cantidad de gente, el sudor, el peso de los enormes traseros que tiene que aguantar día sí y día también. Sostiene bolsos, bolsas, mochilas, maletas, maletines. Y cuando hay niños es un infierno, más horrible cuanto más pequeños son; chillan, lloran, pegan pasas y puñetazos, derraman comida y agua, vomitan, algunos hasta muerden. Aunque hay momentos algo mejores: a veces alguna muchacha bonita con falda corta y ropa interior escueta, hay gente que parece no sentir frío, se sienta en “su” sitio, es casi como meterles mano, por pervertido que suene. Bob, eres de lo que no hay.

No tiene hambre, no siente sed, no se cansa físicamente, pero se aburre, se aburre mucho. Todo el día para arriba y para abajo. Las veces que no tiene alguna crisis juega a adivinar qué tipo de vida tienen los pasajeros: la señora regordeta que vuelve de visitar a su hijo; el serio señor, probablemente ejecutivo de una pequeña empresa medio en bancarrota, en caso contrario no iría en metro, que madruga para trabajar; la joven madre que lleva a su primer hijo al colegio; la madre menos joven que lleva a su tercer o cuarto hijo al colegio y que después irá, probablemente, a visitar a algún amante mientras su marido trabaja; la parejita de adolescentes que regresa a casa después de una noche de juerga...

Todos ellos son gente normal, al igual que lo era el hombre sobre el que ahora se sientan.

Estarás contento, mira lo que has hecho con tu vida. Bueno, quizá ahora sea todo mejor, sin obligaciones, sin preocupaciones. Y la soledad ya casi no te importa...

La situación se ha vuelto crítica, su consciencia vuelve a hundirse y poco a poco, muy lentamente, se sumerge en un mar de tela y plástico.

Su cordura empieza a quebrarse por última vez, hasta que una fuerte bocina le devuelve a la realidad y… El aire le acaricia la cara, le alborota el pelo. Espera un momento. ¿Aire? ¿Pelo? ¿¡Cara!?

Sí, pelo, cara y manos, brazos y piernas; en definitiva, un cuerpo completo, perfectamente diferenciado y, lo que es más importante, ¡sin tapizar!

Lo único que quiere es correr, saltar, tirarse por el suelo. Pero un nuevo bocinazo le retiene con los pies en la tierra. ¿Ha sido todo un sueño? No puede ser Bob, recuerda lo real que era.

Está otra vez en la estación, antes del momento en que empezó aquella inverosímil historia. El tren llega igual que la última vez y la chica vuelve a perseguirle para darle la cartera extraviada, sólo que esta vez él no se ha dado cuenta y le pilla por sorpresa. Cuando la ve, después del bote de rigor producido por el susto, ella le sonríe. Parece que todo está volviendo a suceder. ¿Es una segunda oportunidad? ¿O quizá signifique que te vas a volver a convertir en butaca?

Sea lo que sea ella le está devolviendo la cartera, otra vez. 

-Gracias-, acierta a decir. 

Ella le sonríe, parece esperar algo pero viendo que no añade nada más se da la vuelta soltando un cantarín hasta luego y, en ese momento, una serie de pensamientos pasan por la cabeza de Bob. Vamos, esta vez no puedes dejarla escapar, chaval.

-Disculpa-, la muchacha se da la vuelta, sonriendo; le devuelve la sonrisa, con alguna dificultad, esto no es normal en él, aunque a estas alturas, ¿qué lo es y qué no? -¿Vas también en este tren?-, ¡eso es!

-Sí, ¿entramos?-, responde con un tono alegre. -Antes de que se nos escape, quiero decir-, añade con un leve sonrojo.

Y ambos entran al vagón, sentándose juntos y todo, y la situación parece muy normal. Bravo Bob, eres un campeón. No, esta vez no es sarcasmo.

¿Sabéis? Había pensado contaros hasta el final de la historia, pero lo voy a dejar en manos de vuestra imaginación queridos lectores. No me odiéis, como haría la gente normal.


Bueno, yo tengo que subir al tren, espero que nos volvamos a ver.

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