viernes, 6 de marzo de 2015

Viaje en coche

No soy una persona muy dada a mantener este tipo de blogs vivos, pero, aunque sea por darles alguna salida, he decidido seguir publicando, aunque sea solo mis relatos.

Este tiene ya varios meses pero disfrute escribiéndolo, así que ahí va:

Cuando salgo de la ciudad la oscuridad me rodea, la única fuente de luz son los faros del coche, la carretera está vacía. Es extraño conducir de noche, rodeado de silencio, sin saber qué hay fuera acechando, esperando. Es sobrecogedor, y a la vez distante; sé que estoy aislado y avanzando a unos cien kilómetros por hora. Ningún animal salvaje me puede alcanzar, solo otro ser humano, o yo mismo. Eso me empieza a poner nervioso, podría estrellarme, o cruzarme con otro coche; no quiero cruzarme con otro coche.


Enciendo la radio y en la pantallita pone: “Track 3”. No recordaba haberme dejado ningún disco dentro. Empieza a sonar la voz de Willie Nelson, después Kris Kristoferson, Johnny Cash y Waylon Jennings. He tenido suerte, es un disco de los Highwaymen.

Sigo conduciendo mientras me dejo llevar por los ritmos country. Me gustan mucho los cuatro cantantes, pero tengo predilección por Cash, su voz tiene algo que me llama poderosamente la atención, siempre lo ha hecho.

Entro en una carretera larga y recta. Conforme pasan los minutos comienzo a agobiarme; ¿A dónde voy?¿Qué pretendo? Se me ha ido la cabeza, definitivamente. Paro el coche a un lado, en la cuneta, bajo y respiro hondo intentando calmarme.

El viento no sopla muy fuerte, pero se nota, eso me ayuda a relajarme. Debo de llevar unos cuarenta minutos conduciendo sin rumbo, aún no he decidido hacia donde, pero tengo que darme prisa, todo puede fastidiarse en cualquier momento. Mientras miro hacia arriba, a las estrellas, apoyado en el capó, me acuerdo de un sitio, cerca de la costa; está en dirección contraria pero es justo lo que necesito, o eso parece.

Empiezo a sentirme solo y vulnerable y vuelvo a subir al coche. Dentro me encuentro algo mejor, con el seguro puesto. Sigue sonando el mismo grupo pero ya no estoy de humor; quito el disco de los Highwaymen y pongo uno de música clásica. Después arranco el coche y empiezo a conducir de nuevo.

Durante el camino de “vuelta” no puedo dejar de pensar en el lugar al que me dirijo, en tiempos mucho mejores, cuando era niño y bajaba a la playa con mi hermano o iba a pescar con mi padre a los acantilados…

¡Los acantilados! Parece perfecto, un camino de tierra medio olvidado llegaba hasta allí y no había problema en pasar con el coche. De repente me da la impresión de que todo puede acabar bien.

En una media hora paro la radio otra vez, durante una sonata para violonchelo de Bach. El viaje se me está haciendo eterno y me empiezo a sentir incómodo. Durante los cuarenta y cinco minutos siguientes cambio cuatro veces más de disco, Jerry Lee Lewis, The Beatles, Pink Floyd y Genesis. 

Phill Collins es uno de los músicos con los que más disfruto, pero me estoy empezando a desesperar justo cuando una casa abandonada aparece tras una curva del recorrido.

Detengo el coche y apago la música por enésima vez. Tardo un par de minutos en encontrar la entrada al camino; junto a ella, en el suelo, parece haber una cadena oxidada, los acantilados no eran un sitio seguro.

El ruido de las olas rompiendo contra las rocas se hace más fuerte a medida que dejo atrás la vieja casa de verano de mis padres. Bajo la ventanilla para oírlo mejor y un escalofrío me recorre la espalda, el final está cerca.

Avanzo casi hasta el límite del precipicio y miro al mar, iluminado por la luna, durante un eterno instante. Es el momento. Ahora o nunca. Dejo el freno de mano quitado, las llaves puestas, el motor encendido, y bajo del coche. Lo rodeo despacio, intentando no ponerme nervioso, ya falta muy poco, y cuando llego al maletero empiezo a empujar. El coche llega al borde, las ruedas pierden contacto con el suelo y, finalmente, el coche cae al vacío, llevándose consigo el cadáver que había guardado en el maletero.

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